FRANÇOIS VILLON
Les regrets de la Belle Heaulmiere
François Villon (1431-1463)
Ja parvenue a vieillesse.
Advis m'est que j'oy regretter
La belle qui fut heaulmiere,
Soy jeune fille souhaitter
Et parler en ceste maniere:
"Ha! vieillesse felonne et fiere,
Pourquoy m'as si tost abatue?
Qui me tient que je ne me fiere,
Et qu'a ce coup je ne me tue?
"Tollu m'as ma haulte franchise
Que beaute m'avoit ordonne
Sur clercz, marchans et gens d'Eglise:
Car alors n'estoit homme ne
Qui tout le sien ne m'eust donne,
Quoy qu'il en fust des repentailles,
Mais que luy eusse abandonne
Ce que reffusent truandailles.
"A maint homme l'ay reffuse,
Qui n'estoit a moy grand saigesse,
Pour l'amour d'ung garson ruse,
Auquel j'en feiz grande largesse.
A qui que je feisse finesse,
Par m'ame, je l'amoye bien!
Or ne me faisoit que rudesse,
Et ne m'amoyt que pour le mien.
"Ja ne me sceut tant detrayner,
Fouller au piedz, que ne l'aymasse,
Et m'eust-il faict les rains trayner,
S'il m'eust dit que je le baisasse
Et que tous mes maux oubliasse;
Le glouton, de mal entache,
M'embrassoit... J'en suis bien plus grasse!
Que m'en reste-il? Honte et peche.
"Or il est mort, passe trente ans,
Et je remains vieille et chenue.
Quand je pense, lasse! au bon temps,
Quelle fus, quelle devenue;
Quand me regarde toute nue,
Et je me voy si tres-changee,
Pauvre, seiche, maigre, menue,
Je suis presque toute enragee.
"Qu'est devenu ce front poly,
Ces cheveulx blonds, sourcilz voultyz,
Grand entr'oeil, le regard joly,
Dont prenoye les plus subtilz;
Ce beau nez droit, grand ne petiz;
Ces petites joinctes oreilles,
Menton fourchu, cler vis traictis,
Et ces belles levres vermeilles?
"Ces gentes espaules menues,
Ces bras longs et ces mains tretisses;
Petitz tetins, hanches charnues,
Eslevees, propres, faictisses
A tenir amoureuses lysses;
Ces larges reins, ce sadinet,
Assis sur grosses fermes cuysses,
Dedans son joly jardinet?
"Le front ride, les cheveulx gris,
Les sourcilz cheuz, les yeulx estainctz,
Qui faisoient regars et ris,
Dont maintz marchans furent attaincts;
Nez courbe, de beaulte loingtains;
Oreilles pendans et moussues;
Le vis pally, mort et destaincts;
Menton fonce, levres peaussues:
"C'est d'humaine beaute l'yssues!
Les bras courts et les mains contraictes,
Les espaulles toutes bossues;
Mammelles, quoy! toutes retraictes;
Telles les hanches que les tettes.
Du sadinet, fy! Quant des cuysses,
Cuysses ne sont plus, mais cuyssettes
Grivelees comme saulcisses.
"Ainsi le bon temps regretons
Entre nous, pauvres vieilles sottes,
Assises bas, a croppetons,
Tout en ung tas comme pelottes,
A petit feu de chenevottes,
Tost allumees, tost estainctes;
Et jadis fusmes si mignottes!...
Ainsi en prend a maintz et maintes."
Los lamentos de la Bella Armera
Creo estar las quejas oyendo
de la que fue la Bella Armera;
ella querría aún ser joven...
Parece hablar de esta manera:
-¿Por qué tan pronto me venciste,
vejez cruel y traicionera?
-¿Qué me ata que no me hundo el hierro
que esfumaría mis miserias?
Me arrancaste lo que Belleza
me otorgara para que reine
sobre clérigos y esclesiásticos,
sobre señores y burgueses.
No había entonces hombre muy cuerdo
que sus bienes no me cediese
con tal que lo único le diera
que de la puta nunca obtienen.
¡Y a cuántos hombres lo negué
-¡era entonces tan poco sabia!-
por un muchacho más que astuto
a quien encadené mi alma!
Disimulaba con los otros;
¡a él, Dios mío, cuánto lo amaba!
Y me zurraba sin embargo
y me quería por mi plata.
Mas por mucho que me golpea
rayo nunca lo dejé de amar,
y aunque me hubiese dado azotes
el dolor me hacía olvidar
con sólo reclamarme un beso.
Ese demonio, ese truhán
me abrazaba y ... ¿Qué guardo de esto?
Vergüenza y pecado, no más.
Hace treinta años que está muerto
y yo, vieja, canosa, sigo.
Cuando me acuerdo de otros tiempos
y desnuda cuando me miro
y me veo tan diferente
(¡qué horrenda soy! ¡qué bella he sido!)
encogida, marchita, flaca,
me tengo rabia porque vivo.
¿Qué se hicieron mi lisa frente,
mis cejas y cabellos rubios,
mis ojos de mirar travieso
con que atrapaba a los más duros,
esa nariz recta y mi rostro,
mi rostro que ahora en vano busco,
mis orejas blancas y firmes
y mis labios de un rojo puro?
¿Mis hermosos pequeños hombros,
largos brazos y manos finas,
pezones chicos y caderas
altas y sólidas, propicias
para batallas de amor largas
y, sobre todo, eso que hacía
dichoso al hombre entre mis muslos
bajo el jardín que lo escondía?
La frente ajada, blanco el pelo,
apagados los ojos que ayer
lanzaban rientes miradas
al pecho del noble y del burgués,
la nariz corva y las orejas
colgando velludas y también
del rostro huídos los colores
-si labios tiene, no se ven-
¡en eso para la belleza
humana! Manos contraídas,
brazos cortos, varias jorobas
entre los hombros distribuidas,
resecas están ya las tetas,
asco da eso que daba dicha
y los muslos amoratados
antes que muslos son salchichas.
Así juntas nos lamentamos
algunas pobres viejas tontas
sentadas sobre nuestras grupas
y acurrucadas en la sombra
junto a un fuego de pajas malas
que se apaga al viento que sopla.
¡Y en un tiempo fuimos tan bellas!
Así habrá de pasarle a todas.
Versión de Rubén Abel Reches
AUGUSTE RODIN
ROVERT A.HEILEIN
Forastero en tierra estraña
—¿Qué es esto? —dijo Ben—. ¿Me he perdido?
—Oh, así que no había visto las reformas, ¿eh? Una nueva ala al norte, lo cual nos da
dos habitaciones y otro baño en la planta baja…, y aquí arriba mi galería.
—¡Hay suficientes estatuas para llenar un cementerio!
—Por favor, Ben. Estatua es lo que se erige a los políticos fallecidos en las esquinas
de los bulevares. Esto que ve son «esculturas». Y, por favor, hable en tonos bajos y
reverentes si no quiere que me ponga violento…, porque aquí tenemos réplicas exactas
de algunas de las esculturas más maravillosas que este asqueroso planeta ha producido.
—Bueno, esa cosa horrible creo haberla visto antes, pero…, ¿cuándo adquirió el resto
de todo este lastre?
Jubal le ignoró y le habló con suavidad a la copia de La bella Heaulmiére:
—No le escuches, ma petite chére…, es un bárbaro y no sabe hacerlo mejor —alargó
la mano hacia la estropeada mejilla de la escultura, luego tocó con suavidad uno de sus
mermados senos—. Me hago cargo de lo que sientes…, pero no va a durar mucho.
Paciencia, querida.
Se volvió hacia Caxton y dijo secamente:
—Ben, no sé lo que se trae usted en mente, pero tendrá que esperar mientras le doy
una lección acerca de cómo han de mirarse las esculturas… aunque es probable que
resulte tan inútil como intentar enseñar a un perro a apreciar un violín. Pero ha sido
grosero con una dama, y no estoy dispuesto a tolerarlo.
—¿Eh? No sea tonto, Jubal; usted sí es grosero con las damas… con las vivas, por lo
menos una docena de veces al día. Y ya sabe a quiénes me refiero.
—¡Anne! —gritó Jubal—. ¡Sube! ¡Con la toga puesta!
—Sabe usted que yo nunca sería grosero con la vieja que sirvió de modelo para eso.
Nunca. Lo que no puedo comprender es que un individuo que se hace llamar artista tenga
la osadía de hacer posar desnuda a la bisabuela de alguien…, ni que usted tenga el mal
gusto de querer tal esperpento en su casa.
Anne llegó con la toga puesta, no dijo nada. Jubal le preguntó:
—Anne, ¿he sido grosero alguna vez contigo? ¿O con alguna de las chicas?
—Eso es pedir una opinión.
—Eso es precisamente lo que te pido. Tu opinión. No estás ante el tribunal.
—Nunca ha sido usted grosero con ninguna de nosotras, Jubal.
—¿Recuerdas alguna ocasión en la que me haya portado intencionadamente de una
forma grosera con alguna dama?
—Le he visto portarse intencionadamente grosero con una mujer. Pero nunca le he
visto ser grosero con una dama.
—Eso es todo. No, una opinión más. ¿Qué piensas de este bronce?
Anne observó atentamente la obra maestra de Rodin, luego dijo despacio:
—Cuando lo vi por primera vez, pensé que era horrible. Pero he llegado a la
conclusión de que puede que sea el objeto más hermoso que hayan visto mis ojos.
—Gracias, eso es todo —la muchacha se fue—. ¿Quiere que discutamos el asunto,
Ben?
—¿Eh? Cuando discuto con Anne, el traje se me pone del revés… —Ben contempló la
escultura—. Pero no acabo de captarlo.
—Está bien. Atiéndame. Cualquiera puede mirar a una chica guapa y ver una chica
guapa. Pero un artista es capaz de mirar a una chica preciosa y ver en ella a la anciana
en que llegará a convertirse. Y un artista mejor puede mirar a una vieja y ver la chica
preciosa que fue en su juventud. Pero un gran artista, un maestro, y eso es lo que fue
Auguste Rodin, puede mirar a una vieja, retratarla exactamente tal como es en aquel
momento…, y obligar al que contemple su obra a ver en ella la jovencita preciosa que fue
la anciana. Y más que eso: puede conseguir que cualquier persona con la sensibilidad de
un armadillo, o incluso usted, vea que esa chica encantadora aún está viva, en absoluto
vieja y fea, sino simplemente aprisionada dentro de ese cuerpo arruinado. El gran artista
es capaz de hacerle sentir a uno la tranquila e infinita tragedia de una muchacha que
nació para no envejecer en su corazón más allá de los dieciocho años…, al margen de lo
que las despiadadas horas le hicieron a su cuerpo. Mírela, Ben. Envejecer no nos importa
a usted o a mí; nunca nacimos para ser admirados…, pero a ella sí. ¡Contémplela!
Ben miró la escultura. Finalmente, Jubal dijo con voz hosca:
—Está bien, suénese la nariz y seqúese los ojos…, ella acepta sus disculpas. Vamos a
sentarnos. Ya es suficiente para una sola lección.




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